No por verlo ni hacerlo, pero sí por oirlo (de bocas abiertas a medias), puedo dar fe de ello.

Construidos de ego y probando la debilidad hormonal, hacen que su perfecta carne surque la distancia hasta erupcionar en abundantes marfiles borbotones de la onomastia desesperada de un escuchimizado y raquítico mancebo, y los apolíneos se rien a carcajadas, mientras que el muchacho se alivia con espasmos eléctricos y fuertes en su columna, asentando las pegajosas sacudidas sobre un trozo de papel higiénico.

El joven lo sabe y lo admite: es lo más cerca que estará de esa carne tan aparentemente apetitosa. Ellos también saben lo que ha hecho, y les parece morboso. Pero el niño debe descuidar, está demostrando que es un humano verde, porque no sabe que si le diera un sólo bocado a esa carne le destrozaría las muelas y le infectaría los labios.

Están podridos por dentro.